Huellas en la industria: Jaime Berenguer y una vida cultivando mucho más que kiwis

Hay personas cuya historia no puede contarse solamente en hectáreas, toneladas exportadas o temporadas agrícolas. Porque cuando se conversa con ellas, detrás de cada cifra aparecen nombres, pérdidas, decisiones difíciles, trabajadores que se quedaron por décadas, deudas que parecían interminables, intuiciones, errores, amistades y una enorme cantidad de vida…El curicano Jaime Berenguer es una de esas personas.

En Romeral, en el corazón frutícola de la Región del Maule, construyó una trayectoria estrechamente ligada al kiwi chileno. Pero antes del productor exitoso estuvo el niño que perdió a su padre a los 12 años, el joven que aprendió mecánica y ahora tiene 450 autos de exhibición, vendió frutas, verduras y carne en el periodo de Salvador Allende, trabajó en el campo de su abuelo y pasó por tantos oficios que hoy resume aquella etapa diciendo: “Creo que hice casi todo en la vida… pero aún me quedan ganas por hacer más». 

Tal vez por eso una frase escuchada recientemente terminó ordenando, de algún modo, su propia historia… un amigo de Berenguer se lo resumió en esto: “Tú eres lo que eres hoy, gracias a todo lo que fuiste”.

 

Berenguer hizo de esa adversidad temprana combustible para avanzar

La inquietud parece ser parte inseparable de su personalidad taurina. Tanto, que su hermana lamentablemente fallecida lo llamaba cariñosamente “el ratoncito”, precisamente porque nunca estaba quieto, siempre inventando qué hacer y de un lado para otro. A sus casi 80 años esa característica permanece intacta: sigue pensando proyectos, recorriendo el campo, observando las plantas, haciendo estadísticas, dejando ordenado «el cuento» como el dice para cuando no esté. Berenguer es un hombre de puertas abiertas que sigue imaginando el futuro y preguntándose qué puede hacer mejor.

Su llegada al kiwi tuvo algo de intuición, amistad y riesgo. Cuando conoció aquella fruta, recuerda, alcanzaba valores extraordinarios y era tratada casi como un producto de lujo. Un amigo le insistió que plantara una hectárea. Él respondió que no tenía dinero. Terminó plantando bastante más y endeudándose para hacerlo. Era mediados de los años 80.

Y desde el comienzo se fijó una meta que lo retrata perfectamente:“Quiero que estos sean los mejores kiwis de Chile”.

No significaba producir barato, ni hacer las cosas a medias. Significaba invertir, cuidar, observar y persistir. Incluso cuando las cuentas empezaron a agobiar y la situación económica se volvió crítica, recibió un consejo que permaneció grabado como una orden: “Nunca dejes botado el huerto, porque eso es lo que puede revertir todo tus problemas”…. «ese consejo se lo dio Christián Abud y aquí estoy, sintiéndome orgullo y no lo abandoné».

Con los años, su manera de entender la agricultura fue incorporando otra convicción todavía más profunda: las personas están primero. Algunos de sus trabajadores llevan cuatro y hasta cinco décadas con él. Habla de ellos como parte de su historia y sostiene que a cada persona hay que darle “la posibilidad de ser buena”, porque todos poseen alguna capacidad que puede desarrollarse.

 

 

También conserva una forma de hacer negocios que parece pertenecer a otro tiempo: para él, la palabra continúa teniendo valor. Dice que muchas veces los contratos llegan después; primero está lo conversado, el compromiso y la confianza. No idealiza la agricultura. Sabe bien cuánto escapa del control de un productor.

Según su particular cálculo, de todo aquello que determina el éxito o fracaso agrícola el productor maneja apenas una fracción, un 25%. Su 100 por ciento lo divide así: el clima, la economía internacional, las personas y lo puede manejar el fruticultor.

Sin embargo, tampoco parece interesado en utilizar aquello como excusa. Habla una y otra vez de constancia, de energía, de enfrentar los problemas y de entrenar la mente para buscar posibilidades cuando otros encuentran razones para detenerse.

“Yo compito conmigo mismo”, dice al explicar su pasión por llevar estadísticas del campo. Para él, medir no es solamente administrar: es saber si mañana puede hacerlo mejor que ayer.

Hoy, mientras piensa cómo ordenar la continuidad del patrimonio familiar para que aquello construido durante décadas no desaparezca ni se fragmente, Berenguer vuelve inevitablemente al futuro. Piensa en sus cuatro hijos, en sus once nietos, en sus trabajadores y en el huerto.

Y cuando le preguntamos qué le dirían esas plantas… esos kiwis si pudieran hablar, su respuesta resume probablemente toda su trayectoria:“El huerto me daría las gracias por cómo lo cuido y por cómo me dedicaré a él hasta el último día. Las plantas no hablan, pero se manifiestan también dando las gracias, con buenos cultivos. Yo también le daría las gracias por todo lo que me ha dado, por lo que soy y por darme parte de mi felicidad”.

Esta es su huella.

No solamente haber producido kiwis extraordinarios. También haber aprendido, después de una vida entera, que cultivar significa cuidar: la tierra, las personas, la palabra, los vínculos y los sueños.

 

Don Jaime, antes de hablar del kiwi, volvamos al comienzo. ¿Qué siente que marcó su infancia y su juventud?

Hay algo que me dijeron hace poco y que me quedó muy marcado: “Tú eres lo que eres hoy gracias a todo lo que fuiste”.

Yo pasé hambre. Mi padre murió cuando yo tenía 12 años y de ahí para adelante estuve solo, solo, solo. Estuve interno, pasé por muchas cosas. Vendí fruta, vendí verdura, vendí carne, vendí herramientas… Yo siempre digo que hice casi todo.

 

¿Y desde niño ya tenía esa inquietud que conserva hasta hoy?

Siempre. Mi hermana me decía “el ratoncito”, porque yo no soy quieto. Soy inquieto.Por ejemplo, no puedo leer un libro tranquilo. Llevo libros, me los recomiendan, comienzo y después miro la terraza y digo: “No, mejor bajo a caminar”.

Siempre estoy pensando en otra cosa, haciendo otra cosa.

Su primera pasión, sin embargo, no fue necesariamente la agricultura…

No. Yo nací mecánico. Me encantaban los autos. Trabajé muy joven en mecánica. Después pensé incluso que quería ser abogado. De ahí me fui al campo de mi abuelo y después fui pasando por distintas cosas.

Vendí carne a los 18 años. Tenía un primo que tenía campo y me lo prestaba para criar animales. Después los faenábamos y los vendíamos.

Tengo tantas historias en mi vida…una de las buenas, es cuando en el periodo de Allende faené unos animales con unos amigos, y me fui a venderlos a Santiago, y había controles en muchos puntos desde la ruta, primero me pararon saliendo de Curicó y dije la verdad de lo que llevaba, a pesar que yo tiraba cosas para que se camuflara el olor, era imposible. El militar me dice, siga y solamente lo dejo por decir la verdad, pero más allá igual lo van a parar, efectivamente me pararon casi en la entrada de Santiago, y también tuve suerte, justo cuando me iban a inspeccionar , yo iba con la radio encendida y Chile estaba jugando un partido y metió un gol, estábamos todos tan contentos que me hicieron avanzar, pude vender después la carne y así el negocio no jodió.

¿Cuándo aparece finalmente la agricultura como el camino definitivo?

Más o menos a los 19 años dije: “Esto es lo que tengo que hacer”. Después trabajé en Pirque Limitada y, siendo muy joven, llegué a estar a cargo de unas 350 personas.

Pero hubo un momento en que llegué donde mi señora y le dije:

-“Inés, acompáñame a Santiago”.

-“¿Para qué?”, me preguntó.

-“Voy a renunciar. No trabajo más como empleado”.

Tenía unos 25 años. Y lo hice.

Eso significaba asumir un riesgo enorme.

Sí. No me preguntes cómo lo hice. Vivíamos en una casa donde llovía y se entraba el agua. Hubo un momento en que dije que iba a construir mi casa sin tener ningún peso.

Un primo me preguntó:

-“¿Y de dónde vas a sacar la plata?”.

-Le dije: “No me preguntes, pero la voy a hacer”. Y la hice.

¿Era distinta la agricultura chilena de aquellos años?

Muchísimo.

Curicó era muy especial porque todos nos conocíamos. Los agentes de banco eran parte de uno. Tú ibas al banco y sabían tu vida. Existía una relación muy cercana.

Y en esa época Chile fomentó mucho la fruticultura porque necesitaba exportar para que entraran dólares.

Yo estuve 48 años de mi vida endeudado, 48 años. Pero era otro ambiente. Hoy son números, papeles y cada uno se las arregla solo. Antes había mucha más cercanía.

“El kiwi era como el cobre, pero en fruta”, destaca Berenguer

¿Recuerda la primera vez que vio un kiwi?

La primera vez que vi un kiwi fue en la cooperativa frutícola. Era una cosa increíble. Valía como cuatro dólares el kilo. Los camiones incluso iban resguardados por los mismos dueños de la fruta. Era como decir el cobre, pero en fruta. El kiwi era eso.

 

¿Cómo tomó la decisión de plantar?

Un amigo muy querido, Ricardo Vidal, que ya falleció, me dijo: “Jaime, tienes que poner kiwi”.

Yo tenía muchas manzanas porque arrendaba varios huertos.

-Le dije: “Ricardo, no tengo plata”.

-“Una hectárea”, me dijo.

“No tengo plata”.

Entonces me dijo que no me preocupara, que las plantas me las conseguirían y que las pagaría cuando pudiera. Después fuimos a conversar con la familia Espinoza, que estaba entre los grandes productores de kiwi, y terminé convenciéndome de plantar más.

Y me endeudé.

¿Y qué se propuso con ese primer proyecto?

Yo le dije al encargado del campo:“Enrique, quiero que estos sean los mejores kiwis de Chile. Los mejores kiwis de Chile”. Si había que poner otra estructura y era cara, no importaba.

Yo decía: “Lo que haya que gastar, se gasta”. Porque quería hacer las cosas bien.

“Nunca dejes botado el huerto”

Pero después vinieron años difíciles…

Sí. Estuve dos o tres veces muy complicado.

Y hubo una oportunidad en que un amigo, Christian Abud, me dio un consejo.

Yo le dije: “Estoy endeudado. Mi gran problema es cómo voy a seguir gastando plata en el huerto”.

Y él me dijo: “Nunca dejes botado el huerto, porque eso es lo que puede revertir todo tus problemas”.

Eso fue como una orden mental. Y así fue.

¿Nunca pensó entonces en abandonar la fruticultura?

No, siempre enfrenté los problemas. Creo que esa ha sido una de las cosas importantes en mi vida: enfrentarlos.

Después de tantos años, ¿cuánto del éxito agrícola realmente depende del productor?

Mira, siendo fruticultor, del cien por ciento del éxito o fracaso que tengas, tú manejas un 25%.

Otro 25% lo maneja la economía mundial, y tú no sabes lo que va a pasar.

Otro está relacionado con las personas. Yo, por suerte, tengo gente que lleva 40 y 50 años conmigo.

Y está el clima.

Estamos sujetos al clima, a la economía mundial y a la gente.

Yo llegué a tener 14 campos.

Pero gracias a Dios, gente nunca me faltó.

“La gente es prioridad”

¿Por qué cree que ha logrado mantener trabajadores durante 40 o 50 años?

Porque para mí la gente es la prioridad. Uno, uno, uno.

En la entrada de mi oficina hay algo que representa mucho mi manera de pensar. Aquí la palabra “no”,  no existe. Y la palabra “pero” tampoco.

Viene alguien con un problema: hay que solucionarlo.

 

¿Qué significa eso en la práctica?

Todo lo que yo pueda hacer por ellos, lo hago. Ellos saben que es así. Para mí la gente es tremendamente importante y a las personas hay que darles la posibilidad de ser buenas. Todos somos buenos para algo. Todos. Uno tiene que encontrar para qué es buena cada persona y darle esa oportunidad.

¿También habla mucho de la palabra y la confianza, son importantes en su vida?

Para mí la palabra es todo. Mi mano es todo.

Yo hago contratos con empresas y muchas veces el contrato lo firmamos después de entregar la fruta, por razones logísticas.

Pero para mí lo que vale es lo conversado.

Eso es lealtad

“La mente es la que nos da el éxito”

Usted insiste mucho en la importancia de una actitud positiva. ¿De dónde viene esa convicción?

Hubo un momento de mi vida cuando era chico, en que escuché a alguien decir algo sobre mí. Comparaban a otra persona conmigo y decían algo como: “Qué distinto eres tú a tu primo Jaime… él es tan tímido, callado etc.».

Yo iba pasando por atrás y ellos no me habían visto. Y dije:“Tengo que cambiar. Tengo que cambiar. Depende de mí”.

Yo ya no tenía papá, estaba trabajando y prácticamente vivía en una pieza. Ahí entendí que la mente es la que nos da el éxito. La mente, la mente, la mente.

Si buscas alimentar la mente con cosas positivas, los resultados van a ser mejores. Y fueron mejores.

¿Esa idea todavía guía su vida?

Siempre. La constancia es importantísima.

Si tú amaneces diciendo: “No, esto va a salir mal; no puedo; no me va a resultar”, probablemente algo va a salir mal.

Hay que integrar lo positivo a la mente.

 

Usted habla incluso de quererse a uno mismo.

Sí. Yo me quiero mucho. Mucho, mucho.

Y eso se lo transmito a mis hijos y a mis nietos.

Les digo:“Niñito, usted tiene que tratar siempre de ser el mejor. Quererse. Poder aportar”.

Y todo lo que uno sepa, aportarlo.

La estadística: competir con uno mismo

Después de tantos años, ¿Cómo sigue buscando mejorar?

A mí me gusta muchísimo la estadística. ¿Por qué? Porque yo compito conmigo mismo, y esa competencia te la entrega la estadística.

Si tú sabes cuánto produces, cuánto gastas, cuánto lograste el año pasado, puedes decir: “¿Dónde puedo mejorar? ¿Puedo ahorrar algo? ¿Puedo producir mejor?”.

Si no tienes estadísticas, no sabes. En fruticultura eso es tremendamente importante.

¿La tecnología ha cambiado ese trabajo?

Claro que sí, pero hay algo que sigue siendo igual: hay que ser constante. Hay que continuar haciendo aquello que te ha dado buenos resultados y mejorar desde ahí.

Si hoy un joven ingeniero agrónomo le dijera “quiero ser productor de kiwi”, ¿qué consejo le daría?

Que trabaje.Mucho, mucho. Y siempre en la vida hay que tener un plan B. Hoy las cosas cambian muy rápido. La tecnología cambia, el trabajo cambia.

Cuando uno depende de algo debe preguntarse: “Tengo esto, pero ¿qué pasa si esto no da resultado? ¿Qué otra cosa puedo hacer?”.

Hay que tener los huevos repartidos en distintas canastas.

 

Familia y continuidad

¿Piensa en qué ocurrirá con el campo cuando usted ya no esté?

Sí, estoy en ese proceso. Quiero formar una sociedad de inversiones con mi señora y mis cuatro hijos, que exista una administración, un gerente general, un directorio.

Lo que quiero es que esto no se disuelva, que perdure en el tiempo, es un gran patrimonio vivo con su gente, sus trabajadores… este trabajo es parte de la historia agrofrutícola de Chile.

Van a existir diferencias, porque en las familias siempre existen, pero quiero tratar de que sean las menores posibles y que todo sea para el bien de ellos. Aquí está todo funcionando: pozos profundos, hectáreas, infraestructura. No quiero que desaparezca… ojalá lo comprendan y esto perdure por muchas generaciones más.

¿Y siente que ha conseguido traspasar algo de su manera de enfrentar la vida a sus hijos?

Sí. A mi edad creo que he logrado traspasar resultados, valores, aprendizajes. Y eso me deja contento.

“¿Y qué más?”

 

¿Cuando uno llega a esta etapa de la vida, después de tantos logros, ¿qué queda?

Hay una palabra que aparece: “¿Y qué más?” Porque son muchos los logros que te ha dado la vida.

Yo agradezco todos los días a Dios. En la noche doy gracias y también recuerdo a todos los que han fallecido de mi familia.

Tengo una linda familia, una muy buena señora, cuatro hijos, once nietos. La familia es la base. Y algo que hice siempre fue no llevar los problemas del trabajo a mi casa.

Mi casa está al lado de la oficina, pero nunca hice partícipe a mi familia de los problemas que tenía. Yo daba la cara. Yo enfrentaba las cosas.

¿De qué se siente especialmente orgulloso?

De haber sido constante. En la vida hay que ser constante porque cuando uno es constante tiene mayor posibilidad de alcanzar el resultado que espera.

Aquí mucha gente me decía: “Deja los kiwis” y yo decía….Nunca. Fui constante, constante, constante. Siempre para adelante.

Los sueños que todavía quedan

¿Hay algo que se arrepienta de no haber hecho?

No me arrepiento de nada. Solamente de algunas cosas que no hice. Por ejemplo, me habría encantado manejar un avión. Un helicóptero también… aunque a veces pienso en David del Curto, en el Presidente Sebastián Piñera, pero en fin me hubiera gustado pilotear.

Nunca lo intenté. Eso sí me habría gustado.

 

…. y a quién le hubiera gustado llevar en ese primer vuelo, el vuelo de la iniciación?

A Carlitos Cruzat, a Christian Abud, Juan Carlos Valenzuela , Jaime Andrés, Maríe Francoise, Vicente Brand, Hans, mi esposa María Inés, mis hijos y los 11 nietos.

Es una respuesta pequeña, pero quizás una de las que mejor retratan al hombre que está detrás del agricultor: cerca de cumplir 80 años, Jaime Berenguer todavía conserva una lista de cosas que habría querido hacer. Y otras tantas que todavía quiere hacer.

“Las plantas no hablan, pero se manifiestan”

Si su huerto pudiera hablar y estuvieran solamente usted y él, ¿qué cree que se dirían?

Es algo recíproco.

Yo le daría las gracias al huerto y el huerto me daría las gracias por cómo lo cuido. Porque las plantas no hablan, pero se manifiestan.

El huerto es como una persona que no habla y que agradece mucho. Yo tengo que darle las gracias por haber trabajado conmigo.

 

¿Qué le gustaría transmitir a quienes tendrán que construir el sector agrofrutícola en las próximas décadas?

Que se preocupen mucho de la gente. De la gente buena. Esto es una sociedad.

Todo lo que tú puedas hacer por las personas que trabajan contigo, hazlo, porque ellas te van a responder. Uno tiene que construir su prestigio. La gente tiene que saber quién eres, pero no porque uno hable mucho. Hay que demostrarlo.

Que cuiden a la gente. La gente es buena. Hay que buscarle la oportunidad para que sea buena.

 

Cuando terminamos la conversación con Jaime Berenguer, queda una sensación difícil de traducir a una cifra. Este grande de la fruticultura podría ser presentado por sus hectáreas, sus rendimientos, sus cosechas o el lugar que ha ocupado en la historia del kiwi chileno. Pero reducirlo a eso sería dejar afuera probablemente lo más importante.

Su historia habla de una generación de fruticultores que aprendió haciendo, que se endeudó hasta lo inimaginable para plantar sus sueños, que conoció temporadas extraordinarias y otras capaces de poner en riesgo todo lo construido, fruticultores que no dormían pensando en cómo cubrir los compromisos bancarios el lunes, una generación que hizo de la palabra un contrato y que, muchas veces sin manuales y sin inteligencia artificial, terminó levantando una de las industrias exportadoras más reconocidas de Chile.

Cerca de los 80 años, Jaime no habla como alguien que esté cerrando un ciclo. Habla de sociedades, de proyectos, de trabajadores, de sus nietos, del campo que debe continuar y hasta del avión que alguna vez le habría gustado pilotear.

Tal vez allí esté la principal huella que deja esta conversación. La misma inquietud que tuvo aquel muchacho que perdió tempranamente a su padre sigue viviendo en el hombre que hoy recorre un huerto de kiwi en Romeral.

Porque algunas personas envejecen contando lo que hicieron. Jaime Berenguer todavía habla de lo que quiere hacer.

 

Redacción News Frutas de Chile